Mr. Contraintuitivo
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La mentalidad victimista es tentadora. Pero poco útil

El otro día estaba leyendo un artículo sobre el concepto de mentalidad victimista y su relación con la idea de justicia.

En la asignatura de psicología evolutiva comentábamos que en la adolescencia se abandonan por completo gran parte de las visiones egocéntricas del pasado. Es decir, entendemos que no estamos solos en el mundo. Que hay más vida allende nuestro ombligo.

Este paso supone aceptar las reglas del juego: que además de derechos, tenemos deberes. Y responsabilidades que asumir.

«Lo que me toca por justicia», una tendencia al alza

Los ingleses utilizan la palabra entitled para hacer referencia a la idea de lo que supuestamente nos corresponde «porque nosotros lo valemos».

No tiene nada que ver con lo que realmente nos merecemos, ni con lo que nos acaba tocando. A menudo, de hecho, ambas cosas no coinciden. Hay pocas personas que declaren tener exactamente lo que merecen y deseaban. Seguramente porque en la propia condición humana yace el deseo de querer ir siempre a más.

Esto se explica en este vídeo tan interesante como ilustrativo. Profundiza en la noción de que la vida no es justa, que es algo que a veces resulta difícil asumir. Sobre todo cuando caemos enfermos, fracasamos en una empresa o en nuestras relaciones personales. No soy padre, pero imagino que si tu hijo enferma, no sientes que es lo justo.

Decía que esa mentalidad de los «entitled«, tan propia de nuestros tiempos es, en realidad, narcisismo puro y duro. Y, por cierto, la psicología también abunda en que representa un problema para nuestro bienestar.

Si creemos que nos merecemos mucho más de lo que realmente nos toca, sentiremos que la vida nos está estafando, que alguien se ha quedado con nuestra parte. Si alguna vez os han robado algo, sabréis que ese es un sentimiento muy amargo.

Un viaje al universo de la utopía

En el Universo Utopía, todo el mundo tiene cubiertas esa lista de necesidades que aparecen en la Pirámide de Maslow:

La realidad es que vivamos como vivamos, nos toque lo que nos toque, siempre querremos más. Estamos programados para eso.

Así que sí, supongo que el problema está en que ese concepto de justicia es poco realista. También lo es la idea de que la meta de nuestra vida es la felicidad, aunque de eso ya hablaremos en otro artículo.

Por suerte o y por desgracia, el mundo es un lugar con luces y sombras. Muchas, muchas sombras. ¡Dicho sea sin caer en el pesimismo!

Precisamente por eso, si nuestras expectativas son poco realistas, si creemos que sólo por ser y estar aquí ya nos merecemos cosas, la realidad termina por aplastarnos. Poco a poco, oprime esas creencias falsas, socava las esperanzas narcisistas, y lleva a la persona a la insatisfacción.

La insatisfacción empieza por entristecernos. Luego, nos amarga. Después, nos lleva a ser crueles con nosotros mismos y con los demás. Y así sucesivamente, puede llevar hasta el suicidio (o algo peor, como los comportamientos asesinos).

Todo esto de la justicia nos lleva a una posible explicación: la mentalidad victimista

Si nos ponemos en la piel de una de esas personas insatisfechas, es fácil comprender que se pongan a la defensiva. Y atención, digo lo de insatisfechas sin ánimo de ofender, como una descripción de la realidad tal cual es.

Un buen ejemplo lo tenemos en mi generación, los millenials, a los que desde pequeños nos inculcaron que éramos especiales, que si trabajábamos duro llegaríamos lejos, y un larguísimo etcétera de tienes derecho a casi todo. De aquellos polvos, estos lodos.

Volvemos la vista atrás, y nos sentimos enfadados porque las cosas no fueron justas. No resultaron como se suponía que tendrían que haberlo hecho. En un primer momento, cambiar puede doler más que seguir siendo como somos. Así que, cual villanos, huimos al galope hacia adelante.

Como si pudiésemos escapar de nosotros mismos.

Una mentalidad que nos hace más y más débiles

A lo largo de mi vida, y al igual que tú, yo también he vivido luces y sombras. Quizá más sombras que luces. Tal vez eso sólo sea impresión mía. Es irrelevante.

Con todo, si vuelvo la vista atrás, aprecio cada cosa en su justa medida. Hace poco me emocionaba muchísimo al encontrar una inspiradora cita:

Un día, en retrospectiva, los años de adversidades se te antojarán los más hermosos de tu vida.

Sigmund Freud

Todos nos hemos ido forjando, golpe a golpe, en la fragua de la existencia. A mí no me han tocado impactos realmente devastadores, y entiendo que a otros sí. Y sin embargo, la condición humana exige levantar la cabeza y seguir adelante.

Cuando adoptamos el discurso de la víctima, cuando nos decimos que el mundo nos ha estafado y está en deuda con nosotros. Sentimos que todo está en nuestra contra. Nos ponemos en una posición de barco a la deriva, en la que poco o nada podemos hacer. Bueno, sí, podemos quejarnos. Que tampoco es que sirva de mucho.

Ser un víctima significa que no hay nada más que puedas hacer. Una especie de indefensión aprendida, de la que no podemos salir, y de la que todo y todos son culpables y cómplices. Es normal sentirse mal en ese contexto. Combina eso con las altas dosis de narcisismo e individualismo presentes hoy en día, y tienes la fórmula perfecta para el caos.

Renunciar a la mentalidad victimista: un paso hacia la responsabilidad y el cambio

Siendo sincero, creo que hay muchísimas razones lógicas por las que sentirnos mal. Seguro que en tu vida ha habido hechos injustos, dolorosos y que no merecías en absoluto.

Sin embargo, vale la pena preguntarse: ¿qué te aporta posicionarte como una víctima de esas circunstancias? Yo me lo pregunto a menudo cuando soy superado me siento superado por la adversidad. Porque es normal que algún día queramos tirar la toalla con algo, nos desesperemos o caigamos en mostrar nuestra peor cara por pura frustración.

Lo cierto es que las personas que se quejan de sus desventuras, de las injusticias, seguramente tengan razón. Pero también veo adecuado que se hicieran la siguiente pregunta.

¿Cómo puedo reducir tanto sufrimiento?

La pregunta es tan clara como contundente. Qué puedes hacer tú para esas situaciones que te hacen sufrir.

Usualmente, hay muchísimo que podemos hacer si abandonas las mentalidad victimista. Porque el ser humano, recordemos, busca siempre la mejora de sus circunstancias. Así que:

  • Como mínimo, puedes abandonar la mentalidad victimista y dejar de quejarte. Quizás eso te aporte un extra de energía para ayudarte a ti mismo, tomar perspectiva y cambiar. Como mínimo, servirá para no hacer de algo malo algo todavía peor.
  • Más allá todavía, puedes asumir la responsabilidad sobre ti mismo. Intentar ser mejor y arreglar el problema en la medida que puedas y sepas. Ir a transformar aquello que sabes que está mal, porque ya no huyes hacia adelante.

Incluso si concluyes que el problema no tiene arreglo, es posible que con una mentalidad proactiva, de sana competencia, puedas hacerte fuerte y plantarle cara a la adversidad con toda la dignidad y entereza que logres reunir. Seguramente eso haga todo más llevadero.

En el camino hacia reducir ese sufrimiento, seguramente encuentres nuevas opciones que ahora mismo tal vez no puedas o no quieras ver. Es increíble la cantidad de gente que huye hacia adelante y se sabotea a sí misma. Todo por aferrarse a un clavo ardiendo, no aceptar sus errores y cambiar. ¿Es fácil? No. Pero sí necesario. Es el principio de responsabilidad. Con nosotros mismos, y con nuestro entorno social.

Lo que haces y lo que dejas de hacer, importa

El principio de responsabilidad es una poderosa herramienta para dejar atrás la mentalidad victimista. Para dejar de ser sujetos pacientes de la realidad, y pasar a ser agentes transformadores de ella y de sí mismos.

Se basa en la sencilla noción de que todo lo que haces y lo que dejas de hacer, importa. Y mucho. Si luchas contra tu naturaleza de mejora y te abandonas, entonces sufrirás las consecuencias. Tú, y la enormísima cantidad de personas con las que interaccionarás a lo largo de tu existencia.

Si renuncias a desarrollar tu potencial, en la medida en la que seas capaz, no disfrutaremos de tu mejor versión. No serás tú quien se salve a sí mismo, a mí, o al mundo. No serás el descubridor de la cura para esa horrible enfermedad. Ni el hombro sobre el que llora ese amigo que está perdiendo a su padre. Y este mundo, con más sombras que luces, realmente te necesita. En formas y aspectos en los que quizás ahora ni siquiera podemos apreciar.

Un pequeño cuento sobre mis pequeñas responsabilidades

El otro día me encontraba realmente mal, y no quería salir de casa. Quería ir al gimnasio, pero ya sabéis: a veces cuesta. Pese a todo, monté en mi bicicleta en medio de ese día de temporal, y avancé calle abajo pensando en lo odioso que iba a ser entrenar empapado y con desgana.

De camino, paré en un semáforo y aproveché para limpiar mis gafas empapadas. Como soy un tanto obsesivo, quise comprobar que estuviesen perfectas, así que las puse hacia arriba.

Así vi, en lo alto de un edificio, una antena medio descolgada sobre un precario cable. Si se rompía, caería directamente sobre una acera bastante transitada. Así que llamé al 112, y di el aviso para que la retirasen.

Cuando volví del gimnasio, la antena ya no estaba. Eso no hizo que me mojase menos, ni que mi entrenamiento empapado fuese menos miserable. Pero sí fue importante para mí. Porque si no hubiese salido ese día de casa por dar lo mejor de mí mismo, tal vez alguien hubiese sido fulminado por esa antena. Tal vez no.

De lo que estoy seguro es de que, si no hubiese salido de casa, no estaría escribiendo estas líneas. Estoy convencido de que eso marca la diferencia, y espero que para vosotros también. Un abrazo.

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Mr. Contraintuitivo

Me llamo Jesús, y soy estudiante de psicología clínica. Me apasiona todo lo que tenga que ver con el desarrollo integral de personas como tú.

Aspiro a convertirme en un profesional capaz de ayudar a los demás en su crecimiento, generando un impacto profundo y positivo en sus vidas.

Precisamente por eso escribo este blog. Espero que te resulte útil lo que encuentres en él, y te agradezco que dediques tu tiempo a leerme.

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