Gente tóxica: cuando nos merecemos lo que nos pasa

Esta mañana estaba dando mi paseo matutino con mis perros. Era bastante temprano, por lo que la zona estaba tranquila y casi desierta. 

A lo lejos, tumbado en un banco rodeado de bolsas desordenadas, estaba lo que parecía un mendigo. Se levantó con pinta de estar bastante borracho, increpó a uno de mis perretes y trató de intimidarme un poco a mí, haciendo aspavientos y esas cosas.

Hasta ese momento, el señor me había dado algo de pena, que ya es bastante malo. Pero cuando se me acercó haciendo gestos agresivos, creo que no se esperaba que yo me quedase allí plantado. Estaba dispuesto a encararme con él, porque no me parece bien que la líe porque sí. No acepto ese comportamiento en mi entorno.

Por suerte no fue a más la cosa. Con esa cantidad de fuerza, la mínima indispensable, se dio la vuelta y se fue, dejando sus cosas tiradas. Media hora más tarde, cuando pasé de nuevo por allí, un barrendero las estaba metiendo en un cubo de basura. Lo dicho, una penita.

A veces las cosas te van mal porque te lo mereces

No quiero hacer leña del árbol caído y afirmar que ese mendigo era una persona tóxica que se merece sus males, porque no sé demasiado sobre él. Es posible que haya tenido escasa suerte en su vida, y que deba hacer frente a un sinfín de circunstancias adversas.

Con todo, sí estoy en posición de afirmar que, si hubiera sido otra persona a la que hubiese molestado, a lo mejor hoy se habría añadido a su desgracia una discusión, un guantazo o ambas cosas. Probablemente, cuando pasen unas horas y eche de menos sus enseres, tampoco estará contento.

Quiero decir con esto que sí, a veces nos ocurren acontecimientos adversos, y no hay vuelta de hoja. Te toca, y te tocó. Fin de la historia. Se puede tener mala suerte en la vida.

Sin embargo, también hay gente tóxica, que se busca su miseria. Pienso en ello a menudo, sobre todo desde que leí el libro de Jordan Peterson, que incluía la regla de tratarte a ti mismo como a una persona de la que fueses responsable. Brillante como siempre.

Eres cómplice de tu suerte: la desgracia entra por la puerta que le has abierto.

Alejandro Jodorowsky

Ser responsables no es tarea fácil. Después de todo, convivimos con nosotros mismos durante toda la vida. Tenemos que aguantarnos, con nuestros más y nuestros menos.

Con todo, no hay demasiadas alternativas a asumir el desafío. No hacerlo conduce al caos del que hablan el propio Peterson y otros muchos profesores de psicología.

Podemos elegir no ser tóxicos

Todos conocemos a esas personas que se parecen un poco al mendigo de esta anécdota. Gente con más o menos suerte y problemas, pero que están pidiendo a gritos su desgracia. Personas indeseables, que se dejan caer por tu vida dejando un tufillo a miseria y victimismo.

Ojo, yo también tengo lo mío. Ya decía antes que cada cual soportamos nuestros más y nuestros menos. No quisiera trasladar la imagen de la superioridad moral, que a veces soy un quejica.

Lo que quiero decir es que hay gente que trabaja activamente para ganarse su mala suerte. Para mí, ejemplos cotidianos son las personas que:

  • Fuman, consumen drogas como el alcohol, o se meten al cuerpo cualquier cosa sin plantearse demasiado las consecuencias.
  • Pasan de cuidar su entorno social: familia, amigos, colegas de trabajo, etc. Viven para sus historias, y no cuidan a quienes dicen querer.
  • Se han cerrado a aprender: no estudian, no tienen aficiones ni cultivan su mente en modo alguno. No crecen.
  • Ponen su destino en manos de otros: no ahorran ni cuidan sus finanzas, no intentan desarrollarse profesionalmente o al servicio de su comunidad, etc.

La lista es, en realidad, tan larga como podamos imaginar. Sin embargo, las personas realmente tóxicas son aquellas que se rinden. Las que ven la responsabilidad, entienden que han de cambiar, pero pasan de hacerlo de forma consciente.

Entiendo que hay razones para la desesperanza.

Un ejemplo tonto pero ilustrativo: el otro día a mí se me hizo muy cuesta arriba subirme a la báscula del gimnasio y ver que, maldita sea, sigo teniendo sobrepeso. Llevo años dándome cabezazos contra la pared, y no he logrado mi objetivo de estar en plena forma. Es desesperante sentir que quizá no seas capaz.

Con todo, no tiro la toalla. Me niego a convertirme en una persona tóxica, acabada y que reniega de hacer ejercicio. ¿Por qué? Porque eso no sería bueno para mí mismo.

Creo que si perdemos esa capacidad de asumir responsabilidad, nos perdemos a nosotros mismos. Debemos ser capaces de comprometernos a sacarnos adelante, lo mejor que podamos y en la medida de nuestras humildes circunstancias.

¿Qué podría hacer que no estoy haciendo que me ayudaría a conseguir el resultado que quiero?

Esa es la pregunta del millón. La gran respuesta que he encontrado al dilema.

Es muy fácil identificar los problemas de otros, tal y como hacía yo esta mañana con ese vagabundo. Incluso podemos tener cierta habilidad para detectar las limitaciones y fracasos propios. Pero… ¿cambiar y superar nuestros conflictos? Eso es harina de otro costal.

La clave está justamente ahí: qué es aquello que podría comenzar a hacer para avanzar. Cómo lo arreglo. Cuál es el camino que lleva al desarrollo personal. Hacerse la pregunta no significar cambiar, pero sí es el primer paso hacia la responsabilidad.

Cumplir objetivos enormes es muy difícil. Por eso no me marco como meta estar en plena forma, sino perder un poquito de porcentaje de grasa cada semana. Rompo los objetivos en fragmentos más pequeños, de manera que sean alcanzables. Y trabajo cada día para avanzar.

No siempre lo conseguimos. Pero bueno, eso es la vida. Hay que seguir.

Me da mucha pena cruzarme con personas que se dan por vencido, porque creo que todo el mundo tiene la capacidad de mejorar sus circunstancias. Por poco que sea, siempre se puede avanzar un poco. O, al menos, no hacer las cosas peor. A veces es difícil verlo, pero confío en esa bondad ajena, en esa capacidad de ir a más.

En fin, que llevo semanas dándole vueltas a este tema y no sé, supongo que solo quería animaros a cuidaros y no convertiros en gente tóxica. También decírmelo un poco a mí mismo, que me viene genial. Sois Somos los máximos responsables de nuestro bienestar, sin excusas.

No es fácil, pero el resultado merece la pena. O, mejor dicho: seguro que vuestra peor versión no es algo que os apetezca conocer. Después de todo, ¿quién querría ser gente tóxica?

Os mando tanto ánimo en vuestros proyectos y desafíos como el que yo mismo necesito a veces. Un gran abrazo. Insisto: puede hacerse. Solo es cuestión de empezar. Hoy. Ahora. ¡Vamos!

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