El valor del conocimiento, la apertura y el silencio

El valor del conocimiento, la apertura y el silencio

Si tuviese que elegir mi mayor virtud, diría que es tener muchas ganas de aprender.

A lo largo de mi vida he estado metido en un montón de historias apasionantes, que trajeron consigo experiencias realmente interesantes. De todas ellas, diría que leer es la mayor fuente de conocimientos y estímulos. Me refiero a libros de no-ficción.

Tener la capacidad de leer y la ilusión por aprender me ha permitido asomarme a años de aprendizajes de otras personas, condensados en pocas páginas. Una maravilla, aunque no la única: me encantan los podcast, los vídeos, los cursos o los debates de alto nivel. Me expongo a eso a diario.

Y, claro, también me gusta intercambiar ideas con las personas. Algo que últimamente me estaba causando más problemas que satisfacciones (será por las elecciones :P). Os cuento.

El conocimiento como fuente de poder… y conflictos

En su momento estudié dos carreras como maestro por pura vocación.

Por aquél entonces no era consciente de que lo que me llamaba no era la escuela, sino la formación y desarrollo del hombre, que requieren una mezcla de eso y… mucha psicología (carrera que empiezo en breve). Me apasiona compartir lo que aprendo. Me ilusiona ayudar a otros: es lo que me llena. No sé por qué es así, pero es así.

De este modo, se juntan en mí cuatro rasgos interesantes: me encanta aprender, enseñar e impulsar a la gente… y soy muy hablador. No en plan pesado, sino que me gusta conversar, escuchar y que me escuchen, conectar con las personas y descubrir sus historias.

Hace ya trece años, cuando accedí al magisterio, tenía un ideario muy diferente: me situaba en la izquierda del espectro político, creía en la igualdad de resultados como solución a las injusticias sociales y… apenas ponía en valor fundamentar el discurso de uno con conocimiento. Cero conocimientos de economía, educación o psicología.

Conforme pasaron los años, la realidad empezó a darme lecciones de vida. Mis teorías e ideas, tan hermosas en mi mente pero basadas en la nada, no funcionaban demasiado cuando las aplicaba al mundo real. Intentar forzar la realidad a ser como yo quería era la crónica de una crisis personal anunciada. Así que al final atravesé un período turbulento.

Mis ganas de aprender, mi formación como maestro, me llevaron a poner en duda mis propias creencias. Lo que fallaba no era el mundo, sino mi aproximación a él. Así que empecé a formarme, y cambié.

Entonces empezaron otros problemas.

La gente quiere la versión de ti que más le conviene

Es importante tener esto en cuenta: lo que somos, nuestro ego, no se define solo por cómo nos vemos. La opinión de los demás también cuenta. El efecto de estar en línea con la ideología imperante y pensamiento grupal es poderoso.

Conforme empecé a estudiar y aprender, adquirí conocimientos más extensos sobre temas diversos. Cuento con una formación notable en educación y finanzas. No sé si podemos establecer un criterio realista (ni útil, jeje), pero diría que más que el promedio del ciudadano de España, o esa es mi experiencia. No lo digo con afán de fardar, sino de establecer un contexto.

Cuanto más tiempo dediqué a ese desarrollo personal propio, más cambiaron mis ideas. El conocimiento tiene un poder aplastanteTe cambia, sobre todo si te atreves a transformarte y dejarte llevar por su influencia. Pero hay que poner en ello tiempo y recursos. ¡No es fácil!

Fue así como pasé del espectro de izquierda al conservadurismo. De la igualdad de resultados a la de oportunidades. De promulgar un sistema económico centrado en el gasto público y la redistribución de la riqueza a una firme perspectiva liberal de búscate-la-vida.

Quién sabe, a lo mejor en unos años soy diferente. Las personas somos como la corriente de un río: fluimos, y nunca pasamos dos veces por el mismo lugar. Lo peor que puede pasarnos es que nos estanquemos. Porque el agua estancada es tóxica, y poco útil.

Ese cambio implicó una gran crisis para mí, porque supuso evolucionar hacia una nueva identidad y renunciar a mis ideas, haciéndome vulnerable. Abandonar una concha mudarse a otra más grande te hace convierte en un cangrejo ermitaño más fuerte… pero puedes ser depredado en el camino.

La gente, incluso la que te quiere, preferirá que no des ese paso. Porque el cambio nos da miedo a todos. Es más fácil caminar sobre terreno conocido… pero a mí no me servía, porque tenía muchas ganas de aprender y crecer. Así que tocó endurecerse y confiar en mí mismo. Guiarse por la apertura. Entender que a veces hay que saber ignorar y vivir el conflicto como algo natural.

El círculo se cierra con un ominoso silencio

En ese camino me encontré con una increíble paradoja.

Como ya os he dicho, me encanta compartir lo que aprendo y hacerme con el conocimiento de otros. Sin embargo, mi formación me llevó a alejarme del discurso socialmente aceptado, que cuestiono a menudo, sin cortarme. La verdad, caiga quien caiga.

La paradoja es que, a pesar de que estoy convencido de que soy una versión mejorada de mí mismo (os prometo que me conozco bien)… ya no puedo compartir mis ideas con la facilidad de entonces. Si lo hago, a menudo recibo el rechazo frontal, la crítica o el juicio más severo. Las mentes poco cultivadas dan como fruto la intolerancia del que ignora. En el mundo actual, son las voces del mucho ruido y pocas nueces.

Creo que la responsabilidad de revolvernos contra eso existe y tenemos que asumirla como parte de la sociedad. Sin embargo, hacerlo no es tan fácil.

He llegado a la conclusión de que no todo el mundo tiene las mismas ganas de aprender, escuchar, evolucionar, desarrollarse y contribuir. Y me pesa mucho, porque mi forma de ser es diametralmente opuesta a eso. Y porque reconozco que a veces me canso un poco de partirme la cara de que me partan la cara.

Cuando el alumno está preparado, el maestro aparece.

Proverbio budista

Esa sentencia me ha acompañado durante años, y creo que encierra una inmensa sabiduría.

Como diría el magnífico Petersonhay que arreglar la casa de uno antes de cambiar el mundo.

El objetivo de mis aprendizajes es, sobre todo, enseñarme a mí mismo: educarme. Tengo genuina curiosidad, incluso por las cosas que no me gustan. Creo en el poder de la transferencia del conocimiento, y por eso escribo estas líneas: un espacio de intercambio que inicio exponiendo mis ideas lo mejor que sé.

Pero todo lo que hago, lo hago primero por mi propio bien. Sólo así podré sumar a los demás.

No siento pena: siento orgullo

Cuando hablo con personas, sobre todo en el ámbito de la educación y las finanzas, y me pegan un cortazo o una bordería por expresar una idea diferente, pienso: ¿de qué sirve esto? Si no hay espacio para la libre opinión, ¿para qué discutir? Al fin y al cabo, mi casa está bastante en orden.

A menudo ese interlocutor que juzga con crudeza piensa en muchas ideas y teorías superiores a las que defiendo, pero hace pocas cosas. El mundo de las ideas es bonito, pero no existe: mientras vivimos en él, se nos pasa el arroz de la responsabilidad.

Quiero decir que, teniendo en cuenta las cartas que se me repartieron, sé he conseguido crear un hogar, una familia, un entorno social, un trabajo y unas finanzas sanas. Y no busco sino que hago un bien tangible y contrastable desde ese denostado conservadurismo. No quiero que se me pase el arroz.

Por eso siento que ya no necesito explicar nada a nadie, sobre todo a quienes no quieren aprender ni aportarme cosas de verdad. Sería una pérdida de tiempo.

Por eso he abandonado la persuasión activa a todo hijo de vecino. Siguiendo el principio de Pareto, centro mi energía en las personas y espacios donde existe la escucha activa y el interés por la transferencia. Y callo con los demás. He tenido que aprender a morderme la lengua. Después de todo, ya tengo este blog personal para compartir con vosotros, y escuchar vuestras opiniones en forma de comentarios.

Antes me molestaba que me juzgaran con desdén con mensajes como “eres un capitalista/ liberal/conservador/intolerante/parte del problema”. Hoy lo veo como un cumplido. Y es que estoy bastante orgulloso de lo que he aprendido. Pero, sobre todo, estoy orgulloso de no ser de los que juzgan las opiniones de otros con ese desdén o superioridad. De tener el valor de defender aquello en lo que creo sin tapujos, y vivir esos valores con tanta coherencia como puedo.

No hace mucho yo también confiaba en teorías e ideas bien diferentes, que ahora me parecen absurdas. E incluso en este instante, al escribir estas líneas, permanezco atento: no estoy libre de equivocarme, humano como el resto. Con mis luces y mis sombras.

La vida me ha enseñado a poner en valor el conocimiento, la apertura y el silencio. Cada uno tiene su lugar, al que el tiempo acaba por llevarle. Eso sí, la formación, la escucha y la humildad son valiosas, pues resultan una útil hoja de ruta para llegar a destino. Un gran abrazo.

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4 comentarios en “El valor del conocimiento, la apertura y el silencio”

  1. Tuve la suerte de ser espectador de este cambio en ti. Puedo decir con orgullo que a mi me gusta más el Mr. Contraintutivo de ahora que el de antes, aunque ya respetase mucho al de antes. Y ¿sabes una cosa? Yo también tuve que morderme la lengua alguna vez que me compartiste tus pensamientos más de izquierdas… :-p

  2. Gran artículo. Veo que ya sigues el sabio consejo de Francis Bacon: “Pide prudente consejo a los dos tiempos: al antiguo, sobre lo que es mejor; al moderno lo que es más oportuno”. Un abrazo y muchos éxitos.

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