Mr. Contraintuitivo
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¿Qué pensaría de mí mismo hace 16 años? Afrontando la madurez

Esta semana he cumplido 32 años conmigo mismo. ¡Felicidades! Estoy, como quien dice, afrontando la madurez, pero de forma natural. No soy de esos que necesitan que la vida se la imponga de forma forzosa.

La verdad es que con toda la crisis del coronavirus, prácticamente todos mis planes de cumpleaños se han cancelado. No he podido ver a mis amigos ni seres queridos, que es algo que me encanta hacer en ese día. Además, he dejado el WhatsApp al estar en pleno proceso de minimalismo digital, como os cuento en este vídeo. También me han aislado en el trabajo, como a muchos otros españoles. Así que estoy en una soledad notable.

No obstante, pasé un agradable día en pareja. Y con mis perros, que no se preocupan demasiado por las pandemias. Por suerte.

Esa jornada de reflexión y aislamiento forzoso me dio para reflexionar sobre mi evolución personal. Creo que hacer esto es un ejercicio sano, sobre todo si uno asume la máxima de Peterson de compararse con uno mismo.

Afrontando la madurez: ¿qué diría de mí mismo mi voz de hace 16 años?

Ahora que estoy estudiando las etapas de la vida desde el punto de la psicología, le doy vueltas a estas cosas.

No en vano, la voz del adolescente es importante, como lo es la que tenemos cuando vamos afrontando la madurez. Porque, como tú, cuando tenía 16 años me guardaba en la manga ciertas ilusiones, sueños, valores y esperanzas que han cambiado mucho.

Porque sí, existe tal cosa como el éxito o el fracaso en el proyecto de vida. Las piezas que vamos poniendo juntas conforman nuestro legado y, llegados a ciertas etapas pueden suponer la diferencia entre un desarrollo personal sano o una crisis tremenda.

Así que en el día de mi cumpleaños se me dio por preguntarme eso: qué diría de mí mi yo adolescente. ¿Estaría decepcionado por algo? ¿Qué cosas le gustarían?

Empezamos por las decepciones

Seguro que a mi yo del pasado le habría decepcionado un poco que dejase atrás esa línea rockera. Ahora soy un hombre notablemente corriente: en la treintena, casado, con un trabajo tan estable como mi alopecia, en un estado de forma intermedio, y con algún que otro problema de salud acechando.

Ese joven idealista no contaba con que habría que trabajar y esforzarse mucho para ganarse de verdad la vida. No hablo de tener un trabajo, sino de alcanzar un moderado grado de éxito profesional. Como digo, se lo perdono, porque la psicología me ha enseñado que un adolescente no puede ver esas cosas con facilidad.

Probablemente no se le pasó por la cabeza que el magisterio resultaría decepcionante. En un país como España, a uno se le quitan las ganas de ejercer en la escuela pública. Tampoco habría entendido todo este tinglado de Mr. Contraintuitivo, los vaivenes emocionales ni, en general, las distancias insalvables que las personas interponemos a menudo.

Mi yo adolescente era un tipo gamberro, peligrosamente cerca de lo autodestructivo. Por eso tampoco le culpo. Creo que no contaba proyectaba una vida tan normal y apacible como la mía. Me diría que tengo que perseguir un poco más mis proyectos, dejarme llevar un poco más por el rock n roll. Y acercarme más a los amigos.

Le encantaría lo bien que hemos jugado nuestras cartas

En la parte positiva, creo que mi yo adolescente estaría impresionado de lo bien que he calibrado el tiro en la última década.

Cuando acabé magisterio con 22 años recién cumplidos, no tenía dinero ni para ir al acto de fin de carrera. Así que me senté en el campus, abrí una Coca-Cola (entonces la tomaba con azúcar). Llamé a un amigo (ahora primo político) y le conté que acababa de completar eso. Me tumbé un rato, por allí, y escribí un pequeño plan con Born to run de fondo.

Como Bruce, yo también sentía que había nacido para correr. Así que, como buen estratega, anoté las cosas que quería hacer en forma de plan a quince años vista. De ello, lo más destacable era:

  • Encontrar un trabajo un poco más estable para dejar de ser pobre de una vez. Conseguido.
  • Dejar de estar gordo y cuidarme un poco más. No caer en las drogas. Conseguido.
  • Convertirme en una persona respetada por ser decente. Creo que conseguido.
  • Conservar a mis amigos y fundar mi propia familia. Conseguido.
  • Saber muchísimas cosas. No dejar de aprender hasta ser un verdadero maestro. Seguimos en ello.

Lo cierto es que no pintaba bien: las cartas no eran las mejores. Vengo de una familia desestructurada, con algunos traumas en la infancia. Sé lo que se siente cuando te quedan 43€ en tu cuenta y no puedes pagar las facturas. De un trabajo a otro, con miedo. Al final, siempre un poco solo en el camino adolescente-adulto joven.

Mi yo de entonces, que todavía era un poco adolescente e iluso de más, tenía eso: un puñado de ilusiones en un papel escrito en el campus. Por eso, sé que a pesar de los sacrificios que hemos hecho por el camino, miraría con respeto al hombre al otro lado del espejo. No ha sido sencillo traernos de una pieza hasta aquí. Como diría Gabriel García Márquez, no ha sido fácil vivir para contarla.

Afrontando la madurez ponemos cada cosa un poco más en su lugar, más en perspectiva

Seguramente lo que me pasa es justo lo que dicen mis apuntes de psicología del desarrollo. La vida avanza, uno tiene su plan y surgen las dudas. ¿Voy bien? ¿Voy mal? ¿Me va a dar el tiempo para todo lo que quiero hacer? ¿Por dónde dice la sociedad que tendría que ir ahora mismo? Nos evaluamos con dureza, sobre todo los que somos neuróticos y perfeccionistas como yo. La presión es muy real, aunque se basa en conceptos imaginarios.

En ese lapso de tiempo he aprendido a medir más mis energías e ilusiones. Sigo teniendo dentro de mí esa pasión del Born to run, que hace que se me inunden los ojos cuando miro atrás y pienso en que realmente hice todo eso y aún me queda cuerda. Quería que me diese la vida para más cosas, pero no alcancé todas ellas. No he logrado ser una estrella del rock, ni he tenido tiempo para intimar mucho con mi vieja guitarra o la poesía. Al final, tuve que tomarme pastillas para la ansiedad, y trabajar más de lo que me gustaría. Soy tan llano y mortal como tú, que lees estas líneas. El adolescente negaría esa caída del héroe, pero yo me reconozco en mis victorias y fracasos. Soy más realista.

Hoy en día, voy afrontando la madurez con calma. Quiero seguir jugando bien mis cartas, porque ahora ya no estoy solo en esta mesa de póquer; el crupier me ha lanzado una buena, pero faltan dos más por repartir.

Sigo sintiendo en mi corazón a ese chaval del campus, todavía pegado a mi libreta de planes que escribo a diario. Él y yo sabemos que Neruda tenía razón: nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Y está bien así. No necesitamos ser tan perfectos, sólo tener ilusión por trabajar y construir sueños.

Quiero ser el mejor hombre del mundo. Pero no me lo exijo

Este 32 cumpleaños me pilla en un momento crítico. Tengo dificultades para ubicar mi lugar en el mundo, como todo adulto plenamente desarrollado. No sé cuántos amigos me quedan, si estoy preparado para lo siguiente, o si soy suficientemente bueno.

De la mirada adolescente me guardo la ilusión por conquistar la vida. Sigo intentando aprender, porque leo, estudio, avanzo. Piso el acelerador, a veces con miedo, a veces con ganas. Intento mantenerme a salvo porque, a diferencia de entonces, ahora sí tengo cosas que perder.

En medio de esa crisis, me doy cuenta de que debo ser más selectivo con mi tiempo. Cuidar más de los míos, avanzar en mis proyectos y encontrar espacio para mi vieja guitarra. Porque esa esperanza, esas ganas de superarse, son el oxígeno que alimenta el fuego que todos llevamos dentro.

De la mirada del adulto me quedo la perspectiva de que está muy bien apuntar alto. Pero no pasa nada si fallamos el tiro. Podemos volver a intentarlo. Podemos encajar la derrota.

El máximo éxito no radica en llegar a la meta, sino poner todo de nuestra parte y ver qué pasa. Tanto mi yo adolescente como este hombre afrontando la madurez están de acuerdo en que esa actitud nos ha traído hasta aquí. Y, con mis más y mis menos, estoy muy orgulloso de mí. Espero que tú, a tu medida, también lo estés de ti mismo. Y si no, no te preocupes: ser adulto es tomar consciencia y cambiar. En ese camino nos encontraremos, seguro. Un gran abrazo.

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Mr. Contraintuitivo

Me llamo Jesús, y soy estudiante de psicología clínica. Me apasiona todo lo que tenga que ver con el desarrollo integral de personas como tú.

Aspiro a convertirme en un profesional capaz de ayudar a los demás en su crecimiento, generando un impacto profundo y positivo en sus vidas.

Precisamente por eso escribo este blog. Espero que te resulte útil lo que encuentres en él, y te agradezco que dediques tu tiempo a leerme.

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